Memorias de un desconcierto

Memorias de un desconcierto

jueves, 29 de junio de 2017

Tarde de verano

El plato de espaguetis reposaba, a medio comer, en la pica de la cocina. La salsa de tomate se entremezclaba con el agua e iba formando un conjunto rosáceo en la superficie. Los largos fideos navegaban por ese colorido lago antes de sumergirse en sus profundidades.

Era una tarde cálida de verano y el apetito se había esfumado como las grises nubes que minutos antes cubrían el cielo y tras un corto, pero intenso aguacero, habían desaparecido para dar paso a un cielo azul.

Azul. Pero no un azul celeste. Un azul mecánico. Intenso, duro. Como si el Sol se hubiera enfadado de la intromisión de las nubes y su brillo fuese diferente.

El sauce del parque, que desde la ventana veía, mecía sus ramas, adormecidas, movidas por la sofocante brisa. Dibujaba sombras alargadas, como los espaguetis, sólo que ellas reposaban sobre la superficie vegetal. Agostada por la calor, por la sequía. Apenas esas gotas habían abierto a la tierra su insaciable sed. Ni rastro de charcos, apenas unas escasas gotas, escondidas en lo más profundo de la vegetación, eran testimonio de lo pasado.

Mi cuerpo medio desnudo. Las manos apoyadas en la baranda del balcón. Sudando. De espaldas al comedor donde la radio estaba en funcionamiento. La música sonaba baja. Notas que no acompañaban. Sólo un tenue telón sonoro, al igual que el lejano ladrido del perro o el apagado sonido de la ciudad.

La tarde se arrastraba despacio.

El trino de un pájaro. Fuerte, cercano. Casi como si lo tuviera al lado, ponía momentos, marcaba intervalos, al trascurrir del tiempo.

Era una de esas eternas tardes de verano. Inacabables en mi infancia, somnolientas en mi madurez.

Tarde cargada de vagancia, de sueños y deseos derretidos por la calor.

Una idea germinaba. En lento proceso. Al compás de los pasos arrastrados que iba dando por el pequeño espacio en el que vivía. Una idea que se desarrollaba mientras fregaba el plato y lo sacaba de la pica. Mientras bebía un vaso de agua, que de tanto correr por el grifo salía fría y me hacía sentir reconfortado. Apenas unos instantes, luego empezaba a sudar y veía salir toda esa agua en forma de gotas de sudor. Pero no el frío. Este se había quedado en mi interior, refrescando no se sabe qué órganos, qué células, qué interioridades.

Es así como empiezo estos relatos. Buscando refrescarme, transformando aquello que pienso en una especie de gotas de sudor que me chorrean y se quedan aquí plasmadas.

martes, 9 de febrero de 2016

Las zapatillas nuevas

'Correr es de cobardes' le gritaba su amigo Pepe a modo de saludo esa mañana de domingo a Jesús cuando lo veía pasar haciendo 'runing' por el amplio paseo que tenían en frente de donde vivían.

Pepe y Jesús eran amigos desde la infancia y por compartir habían compartido las paperas cuando iban juntos a la guardería, un amor de verano que fue una verdadera locura ya que ella los ignoro a los dos por igual ya hiciesen lo que hiciesen e incluso unas clases de piano a las que sus madres habían apuntando a los dos aprovechando una oferta que hacía la academia de música del barrio. Hinchas del mismo equipo de fútbol, creadores de títeres en la asociación juvenil a la que pertenecían y amantes de viajar. Más de un viaje habían hecho juntos.

Vivían en el mismo bloque. Primero derecha Jesús, primero izquierda Pepe y el rellano entre las dos puertas les había servido como patio de juego en muchas tardes de lluvia o frío.

Un día Jesús, después de una reunión familiar, le enseño a Pepe que le había regalo su tío Paco. '¿Unas zapatillas deportivas? ¿y tú, para qué las quieres?' le comentó Pepe. 'Me las pondré para correr. Saldré los domingos por la mañana y haré 'futin''. Pepe estaba acabando de pintar un títere malvado, pirata pata palo, con un parche en el ojo. Tuvo que dejarlo deprisa porque le dio un ataque de risa. '¡¡¿¿Correr??!! ¿desde cuando te gusta eso?'. Jesús no contestó de inmediato, de hecho parecía que no le había oído, absorto como estaba en recortar la tela con la que haría el traje al pirata. 'No se si me gusta, pero mi tío Paco vendrá este domingo. Saldré con él'.

Pepe tuvo una extraña sensación, como una punzada. Algo que no sabía definir pero que para avanzar en la historia diré que fué algo muy parecido a celos.

Llegó el domingo. Pepe se sentó en el rellano de la escalera con el pirata, que se había llevado de la asociación para acabarlo en casa y al cual le estaba metiendo relleno para darle volumen al cuerpo. Sonó el timbre del primero derecha y oyó como Jesús contestaba por el interfono. Al poco se abrió la puerta y salió. Se encontró a Pepe tirado cuan largo era por el rellano, con las manos llenas de periódicos arrugados y que lo miraba.

Jesús estaba nervioso y el chirrido de las zapatillas nuevas al pisar le hacía ponerse. aún, más nervioso. 'Hola, me voy a correr'. Pepe se levantó y lo acompañó a la puerta de la calle del bloque. El tío Paco estaba allí con su disfraz de corredor. Saludo a Pepe haciendo un amago de darle un golpe en el hombro y le dio un abrazo de oso a Jesús.

Pepe se sentó en un banco del paseo y comenzó a ponerle las cuerdas al títere. Al pasar Jesús, resoplando y sin aliento, se puso de pie sobre el banco y moviendo al pirata le comenzó a gritar. '¡¡Te falta mecha!! ¡¡por mil demonios marinos, el peor de mis cañones tienen más fuerza que tú!!' Jesús no le oyó. Delante había dos turista japonesas y tenía que alegrar la zancada.

lunes, 8 de febrero de 2016

La dama

Sus zapatos resonaban como si fueran una percusión tocada rítmica y cadenciosamente por las estrechas callejas del viejo municipio. Zona alejada de cualquier guía turística y anclada a un lejano pasado. Todo quieto, todo estático hasta que un día ella se fue allí a vivir. Entonces, hasta el viento cambio de bando y ya no venía del frío norte y giró trayéndonos unos cálidos aromas del sur. Y un sol, perezoso en los cortos días de invierno, encontró nuevos motivos para atravesar las nubes, espesas y estáticas, que nos acompañaban día sí y día también.

Laberíntico dibujo calles, propio de quienes quieren ocultarse y no ser vistos, pero en donde los rayos de sol sabían hallar esquinas y trazados por donde aparecer y acompañar el paso sin prisa, el paso de quién la vida ya no puede darle más y se mueve despacio, sabedora de que es en esos instantes donde aún podrá hallar sonrisas para vivir.

Los juegos infantiles apenas se daban por esos tortuosos pasadizos y callejones. Sólo en la diminuta plaza, enmarcada por la vieja iglesia y el destartalado ayuntamiento, se oían y veían a los niños gritar, correr. Roces de pantalones, vuelos de faldas, joyas de risas. Y era allí donde ella solía parar. Dejar a un lado su cesto de mimbre, sentarse en un apartado banco y, simplemente, mirar. Sin hablar. Sin que nadie del pueblo se atreviese a acercarse, sin que nadie dejase de mirarla. Sólo los niños, ajenos a ella, rozaban con sus carreras el aire que le envolvía y agitaban sus cabellos y ondulaban los pliegues de sus vestidos. Y era entonces, como si de una obra de magia se tratase, que los duros aldeanos, las hacendosas amas de casa, los ancianos encorvados, las viejas mojigatas, se miraban entre si, con esa mirada de quién se pregunta en que momento sus vidas se hicieron tan grises.

Y entonces las afónicas campanas de la iglesia tocaban. Las doce del mediodía. Ella se levantaba, hacía una pequeña inclinación con la cabeza hacía todos y hacía nadie en particular. Cogía su cesto del suelo y acompañada por un sol que no podía dejar de seguirla, doblaba una esquina y perdíamos esa visión que, seguramente con el tiempo, alguien la adornará con detalles inventados o agigantados y será leyenda.

lunes, 25 de enero de 2016

Papeles

Aún era oscuro en la ciudad, aunque ya el sol dibujaba una tímida línea en el horizonte. Miguel volvía de comprar el periódico, la barra de pan y, en un 'paqui' que él juraría que no cerraban nunca, papel higiénico. Lo del periódico y el pan eran rutina diaria, lo del papel no. O sí. La verdad es que se había visto sin repuesto esta mañana y no era cuestión de tentar a la suerte y volver a tener otro apretón.

Hoy le tocaba prepararse la comida. Vivía solo por lo que solamente la hacía unas tres veces por semana. El taper, el congelador y el microondas habían sido los inventos de la civilización que, junto con el fuego y la rueda, habían permitido a esta especie avanzar.

Una olla llena de agua, un cubito de caldo concentrado y esperar a que hirviera. Mientras tanto unas ojeadas al diario. Lecturas rápidas a las noticias. Casi siempre las mismas. Siempre las mismas personas en portada. Miles de millones de habitantes en este planeta y el que fuera bien o mal sólo dependía de las decisiones de unos pocas decenas.

El agua empezó a hervir y le añadió unos puñados de macarrones. En una sartén preparó un sofrito para acompañar a la pasta. La radio de la cocina se añadía al chisporrotear que salía de la sartén y lo mezclaba con música.

Unos proyectiles en forma de tomate recalentado saltaron de la sartén y fueron a parar a los trajes de gala que adornaban, en formas de fotos, la noticia del diario sobre un premio cinematográfico. Horas de pruebas y arreglos en los vestidos para terminar con tan vulgares manchas. Miguel, encorvado, pasó con cuidado un papel de cocina para tratar de arreglar el desaguisado. Terminó de hacer la comida y apagó el fuego.

La luz del nuevo día rompía los rincones oscuros de la casa. Apagó la luz de la salita tirando del cable y desenchufándola. Se sentó al lado de la ventana con el periódico, una taza de café y unas magdalenas.

Los días eran así, una especie de monólogo. Él representaba su papel. Hay quienes dicen que escogemos nuestra vida, Miguel no tenía esa opinión. Se nos asigna un papel en está función llamada existencia y hay pocas posibilidades de cambiarla. tal vez si que podemos mejorar nuestras actuación pero no seremos nunca Marlon Brandon.

Unos primeros rayos de sol acarician la espalda de Miguel. Es un buen momento en la escena diaria. Ahora tocará volverse y haciendo sombra con la mano, mirar hacía el horizonte. Bloques de viviendas. Una vista bastante vulgar si no fuera porque cientos de vecinos nos vemos en ese momento con el mismo gesto, mirando el horizonte.